Circular en BTT por Sierra de Segura

Desde aquí ya nos dejamos caer disfrutando de unas vistas amplísimas, del reconocible perfil de la Sagra asomándose sobre los últimos pliegues de Sierra Seca, de la majestuosa vertiente oriental del Empanadas que se despeña sobre el Castril y, en definitiva, de este nudo de montañas, valles, precipicios y cumbres que culmina en los Campos y que se refleja, en perfecta y compleja simetría, en un laberinto subterráneo infinito de cuevas, simas y galerías por donde nacerán, con paciencia, los grandes ríos del Sur de la península.

Muchos factores deben conjugarse y encajar a la perfección para poder vivir un día de Sierra como el que nos ha tocado: ilusión, motivación, tiempo perfecto, estado de forma, que nuestras respectivas están en Madrid disfrutando, también inconsciencia, etc.

Por motivos que no vienen al caso, modificamos nuestro plan inicial de hacer una circular desde Pontones con noche en los Llanos de Arance para sustituirlo por otro plan no menos ambicioso: salir desde el cámping de los Llanos, remontar el Aguasmulas, salir por la Hoya de la Albardía a los Campos, atravesar éstos para descender por la pista de las Navas hasta Linarejos y de ahí, por la pista de Guadahornillos descender hacia el Borosa cerrando la elipse por la Loma de María Ángela de nuevo hasta el cámping.

Mis estimaciones, siempre demasiado optimistas, daban 90 kms — sin contar el largo pateo — y unos 1500 metros de desnivel. Las cifras oficiales han salido algo más largas: 101 kms de bici más el pateo de dos horas largas y unos 2000 metros de desnivel. Una jornada en la que uno se gana bien la cena, si es que llega a tiempo para cenar.

Salida de los Llanos de Arance

Anotaciones de kilómetros, desniveles, horarios… son sólo aproximaciones… la montaña acaba poniéndote en tu sitio

Salimos de los Llanos con muy baja temperatura el sábado a eso de las 9 y pico. Llegamos pronto al control de la pista del Aguasmulas y comienza la subida. Unos 9 kilómetros de carril con alguna piedra suelta pero que se lleva bien, sobre todo porque el desnivel a salvar no es mucho: alrededor de unos 400 metros y bien repartido. Vamos de cháchara… la piedra del Mulón refulge a nuestra derecha y de frente, cuando las curvas nos ponen en la buena dirección, vemos las Banderillas, esa cordillera orgullosa, fiera e inaccesible por esta vertiente y que luego, desde los Campos, ofrece una perspectiva mucho más plácida.

En los Bonales y encarando las Banderillas

Casi sin darnos cuenta llegamos a la pequeña explanada donde termina la pista y comemos algo apoyados a la baranda de madera. Hace un día perfecto y no nos demoramos para acometer la subida al collado que separa el Aguasmulas del arroyo del Hombre. Se trata de una senda — no ciclable — que serpentea hasta los 1336 metros donde un poste del GR7 muy característico — y fotogénico — nos recibe. Ya nos está empezando a salir sangre, sino por los ojos, sí por las piernas. La querencia de alguna zarza o la caricia de los automáticos en las espinillas nos hacen ver que una bicicleta no está hecha para ser empujada por estos sitios. Esperemos que pronto el dolor acabe porque si no, más de una máquina va a acabar despeñada desde lo alto del castellón de los Toros.

Al final del carril de la Fresnedilla y ascendiendo hacia la Hoya de la Albardía

A partir de aquí el sendero asciende en paralelo al arroyo del Hombre y gana altura pero con menos pendiente. Ganamos la Tiná de las Hoyas y los 1470 metros y desde aquí les explico a la gente que ya queda menos, algo menos, y que no se desesperen, que ya no hay más estrecheces ni zarzas.

En el collado que separa el Aguasmulas del arroyo del Hombre

Estamos tan deseosos de subirnos a la bici que cruzamos la Hoya de la Albardía subidos en las máquinas y ascendemos con esfuerzo el camino que nos lleva hacia la Hoya del Ortigal, prácticamente a la altura de los Campos. En el poste del GR7 comemos otro bocado rápido y nos metemos en un carril que serpenteando por las colinas nos lleva al refugio de los Campos del Espino. Se acabó el dolor por ahora.

En la Hoya de la Albardía: desde dentro y desde arriba

En el refugio de los Campos del Espino tomamos la pista que sube desde Fuente Segura hacia el SW y pasamos junto a un chopo solitario que me tiene cautivado y que es una magnífica referencia en esta geografía atormentada. Habrá que volver dentro de un mes para verlo de amarillo porque todavía aguanta el verdor en sus hojas. Con esfuerzo subimos unas rampas más hasta ganar la vertiente oriental del Calar de Cañá Rincón y su refugio. Desde aquí ya nos dejamos caer disfrutando de unas vistas amplísimas, del reconocible perfil de la Sagra asomándose sobre los últimos pliegues de Sierra Seca, de la majestuosa vertiente oriental del Empanadas que se despeña sobre el Castril y, en definitiva, de este nudo de montañas, valles, precipicios y cumbres que culmina en los Campos y que se refleja, en perfecta y compleja simetría, en un laberinto subterráneo infinito de cuevas, simas y galerías por donde nacerán, con paciencia, los grandes ríos del Sur de la península.

Los Campos: un paraíso para la BTT

Son ya casi las cuatro cuando paramos en los tornajos próximos al refugio de Rambla Seca para comer. Disfrutamos de la hierba, de los bocadillos, de cada una de las migajas, porque no está la cosa como para desperdiciar nada. Acumulamos unos 35 kilómetros y algo más de 1200 metros de subida. Pero todavía queda mucho. En el horizonte vemos la danza circular de los buitres. ¿Será por una oveja muerta o porque intuyen que nosotros estamos también en las últimas?

La Sagra en el horizonte

De Rambla Seca seguimos por el carril de las Navas en esa zona tan impresionante como es la vertiente occidental de la Cabrilla con su aceral enriscado y sus poyos imposibles. La pista desciende vertiginosa y pronto nos pasa por collado Bermejo donde Javi Rufax y Joaquín se separan para acortar el recorrido. En muy poco tiempo estamos ya en el mirador del Estrecho de los Perales y en el vado del Arroyo de la Rambla donde nos quitamos el cortavientos porque ahora hay que ganar el collado Verde, una subida de 200 metros suave pero que a estas alturas se pega al riñón.

Desde collado Verde nos lanzamos hacia el Guadalquivir y Emilio pincha. Si íbamos mal de tiempo, pues ahora peor. Son casi las siete de la tarde cuando alcanzamos el cruce del Campamento Linarejos. ¿Qué hacemos? Asumimos que ya se nos hace de noche y que las linternas van a ser nuestra salvación… lo único que hay que pensarse es si nos tiramos por la pista de Guadahornillos o por la carretera del valle.

La razón de ser de los Campos para los serranos: el mejor pasto para sus ovejas

La decisión — muy controvertida — se toma apelando a la épica y nos internamos por la pista buscando Puerto Calvario. Son unos 400 metros en 7 kilómetros con mal piso pero unos paisajes… Por esta pista habrá que venir otra vez sin ir tan apurados… entre laricios que casi tocan el cielo y caducifolios que comienzan a teñir las vaguadas de ocre y amarillo vamos ganando metros. Cuando llegamos al collado son las 7 y media de la tarde. Nos quedan 17 de bajada hasta la Piscifactoría del Borosa y luego unos 5 hasta el cámping. Pufff…

Descenso hacia Rambla Seca y tornajos

Pero claro, al collado hemos llegado unos cuantos porque todavía falta gente por detrás. Estamos en una situación difícil. Cuando llega Javi nos cuenta que Sixto va retrasado y ya sin pilas. Migueli tiene reflejos y propone que se vuelvan los 7 kilómetros hasta el bar de la cerrada del Utrero. Allí les recogeremos luego con el coche. Nosotros nos tiramos entonces hacia Guadahornillos sin perder ni un segundo más.

En el collado de la Zarca

Y la noche va llegando… el sol hace ya rato que se ocultó tras las crestas del Gilillo y ahora ya se ha sumergido en la campiña. Aprieta el frío y con la luz de Migueli intentamos apañarnos Emilio y yo. Avanzamos en paralelo — cuando se puede — y procuramos ir despacio para no comernos ninguno de los numerosos bolos que se han despeñado sobre la pista. Despacio, despacio, despacio. El descenso de 15 kilómetros se nos hace eterno y estamos a punto de ser atropellados por gamos y ciervos que, al escucharnos y ver nuestra linterna, huyen despavoridos atravesando el carril frente a nosotros. ¿No queríamos ver animales? Pues nos estamos hinchando.

Descenso por la cuesta del Bazar… ¿alguien ha pinchado?

Finalmente llegamos al cruce con el Borosa y de ahí a la piscifactoría. Subimos la cuesta de la Torre del Vinagre y más de uno está a punto de desmayarse al oler la carne asada en el bar que hay justo debajo. Los kilómetros de carretera se hacen muy rápido y Emilio — como Olano cuando ganó el mundial — los cubre con la rueda pinchada.

La tarde que se va…

Cuando llegamos al cámping Javi Morote ha salido ya a recoger a nuestros amigos al bar de la cerrada del Utrero. Son las 10 de la noche. Las cifras, para un matemático como yo, dicen bastante: 13 horas de actividad, más de 100 kilómetros de Sierra y unos 2000 de cuestas. Sin embargo, este tipo de palizas, donde lo físico es decisivo pero no lo más importante, acaban recordándose por la luz, por el sol, por los reflejos, por el bocadillo, por la gente con la que te “enmierdaste” hasta los ojos.

Gracias Joaquín, Migueli, Javi Ríos, Javi Rufax, Javi Morote, José Manuel, Emilio y Sixto.

Entre la Sierra y nosotros sigue habiendo amor del bueno.

Travesía en BTT: de Cieza a Quesada

Hay recorridos que uno siempre tiene en mente y que, tarde o temprano, acaban cayendo… Hace ya más de 10 años intentamos unir Cieza y Cazorla con la bicicleta pero una avería mecánica a la altura de Santiago nos lo impidió: el eje del pedalier no aguantó y me quedé con las bielas en la mano; imposible arreglarlo en medio de la Bética con la tienda de bicis más cercana en Caravaca o Úbeda.

Preparados para marchar..

Esta semana de primavera estaba dispuesto otra vez a intentarlo. ¿Por qué no? Las circunstancias me llevaban a afrontar la historia en solitario. Una más. Y no será la última, porque lo de tirarte “en solo” al monte también tiene su punto y le permite a uno quedarse con TODO. TODO con mayúsculas. Sin distracciones, sin conversación, sin descuidos. Sólo concentración en el paisaje, en las ruedas de la bici, en el pedaleo, en la sombra de las piernas sobre la tierra. Solo.

Tenía dos opciones para el sentido del recorrido: Cazorla a Cieza o Cieza a Cazorla. Elegí la segunda por dos motivos: 1) es más dura y más pura y 2) los mejores paisajes están al final, así que me animarían para llegar al destino. En contra: al llegar allí tenía que montar la logística de la vuelta. Una incertidumbre más que añadir a la aventurilla.

El martes 18 de abril salgo de Cieza. El día anterior estuvo lloviendo a mares con un viento frío de poniente que estuvo a punto de disuadirme. Los pronósticos para estos días: régimen de poniente, nubes medias, tiempo revuelto… Enfilo hacia Calasparra y Moratalla por caminos viejos de asfalto, atravesando nuevos regadíos. LLevo viento en contra pero a esta velocidad de tortuga no hace daño.

Al mediodía llego a Moratalla. Unas tres horas y poco más para hacer los primeros 60kms. Pues no está mal, me digo. Me doy una vuelta por el pueblo y su callejero que es muy bonito y busco un restaurante para darme un homenaje. Paso por uno cuyo menú está por los 42 euros. Jopé! Este mejor para la vuelta, cuando todo el pescado esté vendido. Al lado del “arzak” moratallero encuentro uno más sencillo y resultón: por 8 euros un asado de cordero cuyas grasas se hacen hueco entre mis huesos.

Llegamos a Moratalla.

Con el centrifugado de las patatas y la carne está complicado encaramarse al campo de San Juan por los 12 kilómetros de puerto que me esperan. Salgo de Moratalla y en una zona de paseo próxima al Instituto, en unos bancos de cemento, me pego un siestón bajo un sol de justicia. De vez en cuando vienen los “bacalutis” del pueblo con los coches negros y las pegatinas de la “central” a darse una vuelta pero pasan completamente de mí.

A las 16h considero que ya pasó mi tiempo y me pongo las pilas. El puerto me cuesta pero no tanto como temía. Tengo el recuerdo de la última subida hace ahora 5 meses y ya me costó sin alforjas. Quizás iba menos mentalizado que hoy porque a mi ritmo tranquilo voy dejando atrás hitos e hitos kilométricos hasta el collado que forman la Sierra de los Álamos y el Puntal de Gorra Nogueras que es donde culmina el puerto. Así gano vistas al campo de Béjar que está precioso y muy verde por las últimas lluvias, desciendo pasando frío y me preparo para los últimos repechos del día que hace la carretera al doblar el Puntal del Carreño.

Tras las últimas cuestas me dejo llevar. Paso por la ermita del Campo de San Juan y veo el Sabinar a lo lejos. Ya estoy terminando. Perfecto. El viento me pega ahora a favor y me hace volar por un asfalto recién puesto. En el Sabinar, en la medianera de una casa, veo un letrero pintado de negro que me atrae poderosamente… a ver, a ver… y resulta ser una pensión: el Nevazo. Pues vamos allá a ver qué nos cuentan. Habitación y desayuno: 20 euros. Aquí me quedo tras más de 90 kilómetros.

Una ducha, un paseo por las calles del Sabinar, unas bolsas de cascaruja y una coca-cola en la plaza. Hace bastante frío y noto que voy justo de ropa para los siguientes días. Dejo pasar las horas hasta que, en un bareto, veo al Barsa darle una lección de fútbol al Milan en San Siro. Hasta ahora no me puedo quejar.

Ronaldinho en la TV y mi bici en la habitación.

Al día siguiente no madrugo porque no hay ningún ruido y no llevo reloj. Se me hacen las 10h y entre el desayuno y otras cosas empiezo la etapa a las 11h. Por entre las sabinas tan típicas de estas tierras altas avanzo resuelto gracias a un terreno favorable: estoy en la vertiente del arroyo Tercero que drena al pantano del Taibilla.

Cuando llego al cruce de la pista que sube a la Rogativa y Puerto Hondo giro a la izquierda para evitar las cuestas del pantano. Es esta una zona muy quebrada, con roquedos, chopos, nogales, cerezos y en el día de hoy con un cielo azul salpicado de blancos cúmulos. Un par de kilómetros y otro cruce me lleva en dirección a las Bojadillas, a los pies de Peña Jarota. El sol gana altura y ya no estoy pasando tanto frío como a la salida. Hoy parece que está el día mejor, aunque lo cierto es que poco a poco las nubes evolucionan y van ocupando el horizonte.

La rambla de la Rogativa cuando desemboca en Arroyo Tercero.

Llego a Nerpio y me ocupo de dos cosas: comprar ropa de abrigo que la voy a necesitar y pillar algo de comida. Los dos objetivos se cumplen. Tenía un tercero, que era leer el periódico, pero aquí no ha llegado el de hoy todavía. En fin… En la plaza del pueblo me recreo en mi almuerzo y observo el ajetreo de un pueblo en movimiento que es cabecera de comarca y cuyo encanto — y carga — es su aislamiento de todo.

En la plaza mayor de Nerpio.

Después de Nerpio está Pedro Andrés por una carretera deliciosa que acompaña al río Taibilla en su avance por entre despeñaderos, bancales de cereal y nogales. El cielo se cierra y me caen gotas gruesas como garbanzos cuando estoy avistando la torre Taybona. Entro en Pedro Andrés justo cuando arrecia la tormenta y me quedo en la puerta de un bar, bajo el alero del tejado, a ver qué pasa… Como no para, y aunque acabo de almorzar en Nerpio, decido entrar a tomarme algo. Un bocata de jamón, una cerveza, y una hora de conversación con los abuelos de la barra.

Autorretrato.

De vez en cuando, miro furtivamente por una ventana que da hacia la Sierra de las Cabras para ver qué tal está el tiempo y, con satisfacción, compruebo que sólo es una tormenta pasajera. Así pues, tras el café me pongo firme otra vez y salgo de Pedro Andrés hacia el valle de Huebras. La cosa se pone seria y la carretera tiene un par de cuestas de esas que crujen los cambios, las rodillas y las bielas. Gano altura de forma progresiva y voy atravesando cortijadas en un valle cercado al sur por el Calar Blanco — prolongación de la Guillimona hacia la Sierra de las Cabras — y al norte por la Sierra de Huebras, que más que una Sierra es algo así como el “reborde” de una mesa cuyas patas descansan sobre el río Zumeta. Sé que tengo Santiago muy cerca, justo en la otra vertiente de esta última Sierra pero, por la especial orografía, la carretera me hará dar muchas vueltas.

El valle de Huebras.

Finalmente, y tras un descenso vertiginoso hacia la rambla de los Vaquerizos, llego a la carretera del Puerto del Pinar. Estoy contento porque tengo la etapa casi cerrada; sólo me falta la subida desde el Zumeta hasta Santiago. El Puerto del Pinar es un sitio delicioso para la bici por la carretera, por el bosque, por las curvas, por las vistas, por todo. Llego a la Vidriera y hago un alto para comer algo. Hace un sol buenísimo pero nada de calor. De verdad que han dejado bonito este sitio, pero siempre que paso lo veo vacío. No sé pues para qué tanto dinero invertido si luego nunca hay nadie.

Un rincón en el Puerto del Pinar.

 

Descenso hacia Santiago.

Después del chocolate con almendras me abrigo bien y me lanzo hacia el vado del Zumeta, descenso impresionante con curvas de 180 grados que me hacen ir con cuidado. Lo bueno se acaba pronto y enseguida estoy sobre el puente tomando fotos del río. Las últimas cuestas hacia Santiago son más suaves de lo previsto y, en lugar de ir hacia el pueblo, tomo a la izquierda hacia la Matea para adelantar el trabajo de mañana. En la aldea encuentro un Hostal para reponer fuerzas… Es temprano y me doy un paseo para relajar las piernas después de los 80 kilómetros de hoy. Cojo el mp3 y me siento en el pilar de un puente para ver como cae la tarde: el sol lame las laderas del Almorchón y los lugareños vuelven con sus cestos y bestias para casa que ya es hora. Cuando el frío se acentúa entro a cenar y a descansar. Mañana es el día decisivo.

Y así es. Despierto y está completamente despejado, pero hace bastante fresco. Me abrigo bien y comienzo a subir hacia las aldeas altas de la vega de Santiago. El paisaje es impresionante y pronto se me aparece al sur la silueta inconfundible de la Sagra sobre los pliegues del Puerto de la Losa. Los primeros neveros anuncian al fondo un ambiente extremo de alta montaña por el que discurrirá mi jornada.

En la pista de las Navas.

Al llegar a don Domingo dejo el asfalto para entrar de lleno en la pista de las Navas. Después del puente sobre la rambla de los Cuartos hay una cuesta que me pone a prueba: mucha pendiente y muchas piedras. En poco más de 1000 metros gano casi 200 de desnivel. Esto es barbarie. A continuación, un descanso por entre pinos jóvenes y arces para luego entrar de lleno en el arroyo de la Juan Fría. Esta zona es realmente espectacular por los laricios y con la mirada busco el Galapán, el pino más grande de la comarca. La tercera vez que paso por aquí y la tercera vez que no lo veo. En fin.

La pista pica para arriba y me está torrando de más. Veo un Discovery de los forestales y me paro junto a él para recuperar el resuello… Unos minutos de charla con el guarda y salgo pronto para acabar con esta zona de cuestas que me está reventando. Por fin, gano vistas hacia el castillo de los Campos: las Banderillas, el Empanadas y la prolongación de Sierra Seca son los gruesos muros que resguardan este extenso patio de pastos, dolinas y rincones solitarios. No me resisto a contemplar con tranquilidad y sosiego este mundo muy apartado de las cosas de los hombres — sólo los pastores hollan sus misterios — y me siento a comer apoyado en una roca el bocadillo de jamón que una abuela seria me ha despachado en la Matea.

Contemplando los Campos…

Tras recuperar fuerzas llaneo por los Campos atravesando navas, pastos y dejando atrás refugios de pastores habilitados por el ICONA. Las Banderillas a mi derecha y la cuerda del Empanadas a la izquierda escoltan mi avance. Hay unas nubes descolgadas del frente que atravesó ayer los cielos que le confieren al paisaje un aspecto ensoñador. Casi sin darme cuenta llego a una de las puertas de los Campos que ahora me verá salir de ellos: el control de Rambla Seca. Allí cojo agua de unos tornajos y me entretengo mirando el jugueteo de dos caballos sueltos. Aún así, le tiro rápido hacia las Navas porque nunca he pasado por este trozo de pista y tengo ganas de conocerlo.

Refugios del ICONA para pastores. Al fondo, el Empanadas.

Otro detalle de los Campos…

El tramo que voy a recorrer no me va a defraudar. Más bien, al contrario: estoy en una zona comprendida entre la Calarilla y el nacimiento del Borosa por un lado, y el nacimiento del Guadalentín y los primeros pliegues de la Cabrilla al otro. Con toda seguridad, una de las más espectaculares de esta cordillera. La pista atraviesa el collado Bermejo desde donde multitud de turistas entran a ver la laguna de Valdeazores traídos hasta aquí por 4×4 desde Vadillo. Yo voy a lo mío sorteando piedras sueltas y, cuando la pista me da tregua, levanto la cabeza para asombrarme por la caída de la Cabrilla hasta el valle del Guadalentín, sinfonía de poyos calcáreos, neveros, pinos blancos enquistados en rendijas imposibles y oteros desde donde el quebrantahuesos dominó su último reducto en el sur de España.

La Sierra de la Cabrilla.

La bajada se me hace larga y cuando llego a las Navas paro un rato a contemplar el verdor de la hierba. Estiro los músculos y me doy un masaje en la rodilla izquierda que ya va tocada del esfuerzo. Comienza ahora una subida hacia el collado verde en el que ganaré vistas hacia el valle del Guadalquivir. Tras un poquito más de sudor estoy descendiendo la cuesta del Bazar hacia el poblado de Vadillo. La Mesa a mi izquierda y la cuerda del Gilillo al frente me saludan y me dan la bienvenida al Valle.

En una de las Navas… con las paredes del Tranco del Lobo enfrente.

En Vadillo me refugio tras una tapia del solazo que está pegando para coger fuerzas y afrontar el resto de la jornada. Unos guiris paran y me dan conversación; me preguntan por el nacimiento del Guadalquivir. Llevan un descapotable recién estrenado y les chapurreo en inglés serrano que es una lástima meter el carro por la pista que asciende hasta la cañada de las Fuentes, que mejor se den un paseo tranquilo caminando por el puente de las Herrerías o por la cascada de Linarejos. Es sólo una sugerencia.

Desde Vadillo hasta el empalme del Valle tengo una cuesta arriba que no recordaba y que me hace mierda. Así de claro. Veo los restos del incendio de Arroyo frío y calibro cuánto me resta para coronar el puerto de las Palomas. Distingo el mirador y, si la carretera no me la juega perdiendo altura, compruebo que el escarnio no va a ser duradero.

Cuando entro en la carretera principal, tras el empalme del Valle, el tráfico me obliga a estar concentrado, atento y muy pendiente de los que vienen por ambos lados. Es día de diario y hay camiones de reparto, 4×4 de forestales y guardas y, por supuesto, muchos coches de visitantes. La subida es bastante tendida y me centro en la raya discontinua del margen y los quitamiedos de piedra que me protegen de la ladera que desciende hasta Arroyo Frío. Unas cuantas pedaladas más y ya estoy en el mirador de las Palomas. Foto y para Cazorla.

Foto en el Puerto de las Palomas, antes de descender a Cazorla pueblo.

El descenso hacia el pueblo es vertiginoso y muy emotivo. La campiña andaluza se extiende infinita hacia el Poniente y un sol tibio ilumina los campos. En lontananza brillan las paredes encaladas de varios pueblos: Peal, la Iruela, Cazorla… Estoy muy contento porque veo el final del recorrido. Mentalmente voy organizando la logística del regreso: llego a Cazorla, busco una caja de cartón para la bici, busco alojamiento, empaqueto la montura y localizo un taxi que me lleve a Quesada al día siguiente.

Lo que pensamos no siempre se puede llevar a la práctica. En Cazorla, y después de dar muchas vueltas para arriba y para abajo buscando una caja con la que empaquetar la bici, comprendo que lo más razonable es llegar hasta Quesada hoy mismo y hacer noche en el mismo sitio en el que tengo que coger el bus de regreso. Así pues, 16 kilómetros de propina entre olivar hacia Quesada que me tomo con mucha filosofía.

En el camino hacia Quesada disfruto con las vistas de su Sierra, de esa cordillera de los Agrios que justamente hace un año recorrí por su espinazo. También veo ya el pueblo con la torre de su iglesia destacando por encima de las casas bajas. De alguna forma, me recuerda un poco a aquellos pueblos del prepirineo cuyo caserío está enmarcado por las impresionantes lenguas montañosas de la orla caliza de la Pirenaica.

Finalmente, y trás más de 120 kilómetros, llego a Quesada — menuda cuesta hay para subir al pueblo por la carretera que viene desde Peal — y entro al primer sitio que encuentro donde me quedo. Es un hotel bastante apañado donde me proporcionan información para el tema del autobús. Una vez alojado y limpio me doy un paseo por las calles. En la plaza del ayuntamiento localizo un contenedor de cartón y en él varias cajas enormes y me digo: esta es la mía. Mañana estaré aquí para cogerlas. En una ferretería compro un rollo de precinto para conformar el paquete.

Al día siguiente, antes de tomar el bus, voy al contenedor y resulta que ha pasado el camión de recogida. La gente me dice que suele ocurrir una vez cada dos semanas así que maldigo mi suerte, solo por unos minutos, porque enseguida en una tienda de electrodomésticos me prestan una caja enorme de un frigo que acaban de vender. Apaño la bici entre cartones medio desgajados y metros y metros de precinto y espero el Jaén-Benidorm con la satisfacción de haber cuadrado lo que parecía una aventura complicada.

El regreso en bus también tiene su encanto: pueblo tras pueblo, curva tras curva, vado tras vado, contemplo las sierras desde el mediodía, sierras que he atravesado por su centro, donde nacen los ríos y cordales principales, crestas poderosas que conforman un entramado soberbio de montañas, laberinto de juegos ilimitado que ojalá nunca me canse de disfrutar. Hasta la próxima pues.

 

Expedición a Alpes: MoNTeBiaNCO

[15 al 21 de Agosto de 2006] Mont Blanc. Monte Bianco. Para los que tiramos al monte como cabras, estas palabras tienen un atractivo insuperable y a poco que nos den cuerda, vamos a aprovechar la opción de acercarnos a ese punto mágico, ese vértice en el que confluyen todas las laderas de la Europa occidental. Nunca me había considerado un fetichista, pero cuando estás en el valle y ves la montaña, cuando aprecias su magnitud y su historia, entonces no hay argumentos racionales que oponer al deseo de hacerla frente a otras muchas.


Preparando las mochilas antes de subir al tren cremallera.

Creo justificada la expedición con estas palabras. Así que aprovechando un vacío de actividad en el mes de Agosto, aprovechando la coincidencia de voluntades y de tiempo con Bernardo, pues montamos el viaje empezando por una visita a tiendas de montaña y gastándonos una paga en el material que no teníamos. Íbamos totalmente de pardillos y buscamos referencias en Internet, en gente que había estado hace poco… todo apuntaba a contradicción. Unos afirmaban que la montaña era sencilla, otros que podía complicarse la cosa y mucho… Esto es algo común cuando se habla de ellas: las circunstancias son cambiantes, muy volubles y subjetivas. Y las cosas cambian según la persona, el día, la meteo y lo que llevas en la barriga.


En la estación término del Nid d’Aigle. Puede apreciarse las pendientes que salva el tren cremallera.

Con esta información de locos tiramos autopista para arriba devorando kilómetros. De nuevo toda la A7 y sus peajes reventándonos las carteras. El día de salida hizo un tiempo muy tormentoso en España. Bernardo que es un fiera de la meteo me comentó que una borrasca estaba centrándose en el Norte de España y que su evolución iba a determinar el tiempo que íbamos a tener en Alpes. Es bueno esto de ir acompañado de gente bien informada.

Pasamos por la Junquera a media tarde y en Francia el tiempo tampoco estaba para tirar cohetes. No paraban de caernos aguaceros tormentosos y la conducción era lenta y algo molesta. Cerca de Nimes paramos a cenar en un área de servicio. Aunque llevábamos arreglo, al estar lloviendo, decidimos meternos en la franquicia de turno. Primer error de cálculo y primer escarnio: por un miserable bistec y unas patatas más duras que las piedras nos levantaron en peso. Nunca mais.


En uno de los primeros descansos ya se aprecia lo cargado que está el macizo de nieve.

Después de la cena avanzamos unos kilómetros más pero íbamos algo cansados y no paraba de llover con lo que pensamos en detenernos cuando lo viéramos claro para descansar. En un área de ésas que sólo tiene los aseos y unos bancos nos metimos y aguantamos hasta que la lluvia amainó para montar la tienda en un talud apartado de las luces. Dentro de la tienda había un escándalo impresionante por las gotas incesantes y los truenos. Me dormí enseguida con los tapones por la cercanía de la autopista y con el sueño que llevaba acumulado de unos días previos muy agotadores. Bernardo me diría a la mañana siguiente que entre la tormenta en el exterior y mis ronquidos en el interior no pudo pegar ojo.


Arriba está el refugio de Gouter… y también se observa el viento que levanta la nieve de la arista.

Al amanecer el temporal parecía haber remitido. Habían nubes bajas enganchadas en las montañas y mucha humedad pero lo peor había terminado. Recogimos la tienda toda mojada y desayunamos con el hornillo en las mesas del área. Pronto estábamos otra vez en camino: Orange, Valence, Grenoble, Chambery, Albertville y nuestro destino Saint Gervais, muy cerquita de Chamonix y bajo el macizo del Mont Blanc.

En Saint Gervais hicimos rápidamente las gestiones. Primero buscamos un cámping para dormir esa noche; luego arreglar el tema del tren cremallera hasta el Nid d’Aigle y, por último, informarnos de la meteo prevista. En la oficina de turismo no nos dan buenas noticias. Orages, averses, très nouageux y palabras francesas que suenan a marrón. Y para colmo, vientos en altura próximos a los 100 km/h. Parece ser que de aquí a dos días la cosa va a mejorar un poquito, pero sólo un poquito. Como nos coincide con el día de ataque a la cima pues nos animamos para preparar el material y meternos en faena el día siguiente.


Bernardo con la Aiguille du Midi al fondo.

Una vez en el cámping aprovechamos un Mac con las teclas cambiadas para entrar en páginas de meteo con modelos para varios días. En la alemana wetterzentrale sólo dan dolor, dolor y dolor. Y no hay previstas mejorías en los sucesivos días. Esto nos desanima un poco pero también nos convence de que si va a estar todo el tiempo malo, pues nos subimos ya para arriba y que sea lo que Dios quiera. Montamos la tienda, nos duchamos previendo unos días de espesura en la piel y cenamos con nuestro apaño bajo una farola del cámping y sentados en una traviesa. Todo muy romántico.

Al día siguiente nos levantamos a eso de las seis. El tren cremallera sale antes de las ocho y tenemos que organizar las mochilas y comprar los billetes, además de desmontar la tienda y desayunar. Hacemos los deberes rápido y dejamos el coche en un párking gratuito de Saint Gervais cubierto. Menudo lujo. El tema está en que estaba lejos de la estación del Tramway du Mont Blanc y entonces nos tuvimos que dar un paseito rápido con los armarios para llegar a tiempo. Por otra parte, luego a la bajada veríamos que el párking sólo era para 24 horas. Los guardias tuvieron piedad y no se llevaron el coche a esos tenebrosos garajes municipales en los que toca amoquinar.


Llegando prácticamente a Tete Rousse…

En la estación del Tramway nos da tiempo para un café au lait y entonces llega el trenecito. ¡Jopé pero qué pendientes supera la cafetera! Los bancos de madera nos recogen y nos permiten disfrutar de un paisaje de ensueño conforme el tren avanza entre densos bosques, primero de caducifolios, y luego de coníferas. Una paradita en Bellevue para recoger la peña que sube desde Les Houches y ya las últimas rampas y túneles hasta la estación término de Nid d’Aigle.

En este último tramo del tren uno ya va apreciando la magnitud del toro que le van a soltar. Las lenguas del glaciar de Bionnassay lamen con aspereza el roquedo vertical y agudo desprendiendo bloques del tamaño de casas y coches, bloques que se desparraman con desorden sobre la línea del bosque en una lucha titánica entre lo vivo — el bosque — y lo también vivo pero inerte — el glaciar.


Meditando nuestro porvenir dentro del cómodo refugio…

Cuando llegamos al destino la gente sale escopetada para arriba. Nuestra etapa es hoy hasta el refugio de Tete Rousse que está unos 700 metros por encima, por eso nos lo tomamos con calma. Me da tiempo hasta de plantar un pino detrás de la garita de la estación donde veo por primera vez — y no será la última — una toilette sec, curioso sistema higiénico que explicaré convenientemente en una sección más escatológica de este viaje.

Bernardo se impacienta y al final salimos los últimos para arriba. Delante llevamos un grupo de tres polacos que también van algo perdidos como nosotros. La subida es muy empinada y apenas tiene distancia. Se avanza entre grandes bloques por una senda bien marcada que discurre por el desértico Desert de Pierre Ronde, aunque aquí todas las piedras son cuadradas.


Otra forma más fructífera de meditar…

Cuando llevamos ya 400 metros ganados paramos en el refugio forestal de Rognes para tomar un bocado. La nieve ya está presente y hace fresquito. Coincidimos con compañeros que venían en el tren y también con los más presurosos del segundo tren que ahora nos alcanzan. También empezamos a ver peña que baja desde la montaña y en sus caras nos hacemos una idea de la película que están poniendo en altura. Una de miedo, seguro.

Después de este punto nos metemos en una zona todavía más empinada, exactamente en un espolón que tiene unas vistas preciosas tanto al Este — l’Aiguille du Midi — como al Oeste — el glaciar de Bionnassay. En algunos tramos vemos ya cables para pasar por sitios estrechos con patio pero que con esta nieve no revisten problema. También se nos presentan las primeras cruces que suponen un aviso serio de que aquí no se gastan bromas.


Al día siguiente amanece soleado pero con mucho viento.

Tras algunos resoplidos remontamos hasta el pequeño glaciar de Tète Rousse y ya tenemos el refugio a mano atravesando el glaciar por una ladera sencilla. A nuestra izquierda según avanzamos vemos la ladera que remonta hasta el refugio de Gouter. Es una ladera-pared bastante empinada con sus corredores repletos de nieve y sus espolones de roca desnuda. Ese toro para mañana, la vaquilla de hoy ya está rematada.

Tète Rousse es casi un hotel. No había visto un refugio igual en mi vida. Confortable, amplio, tranquilo, limpio y con guardas amables y atentos. Una caña vamos. El precio de la botella de agua es de 4 euros. Otra opción es derretir nieve. Tú verás por lo que optas. Nosotros pensamos que subir a Gouter con los armarios iba a ser complejo y decidimos dejar la tienda, la cocina y algo de la comida aquí abajo. Reservamos arriba en Gouter y con el jergón asegurado allá arriba nos sentimos más confortados. No nos hacía ninguna gracia montar la tienda a 4000 metros con el viento que se veía por allá arriba.


Empezando los tramos más técnicos hacia Gouter.

La tarde discurre tranquila. Aprovechando el solecito y el dormitorio acogedor me tomo una siesta de las buenas hasta que Bernardo baja a comentarme que acaba de suceder una desgracia y que todo el mundo del refugio está afuera viendo como rescatan a unos chicos que se han despeñado en la subida a Gouter. Al parecer, de los cuatro que formaban la cordada, uno de ellos está muerto en el fondo de la ladera mientras que los otros tres están heridos. El helicóptero recoge el cuerpo inerte mientras la gente se mira perpleja y en el ambiente hay un silencio muy incómodo. Uno de los guardas del refugio, el más joven de todos, increpa a algunos de los mirones y les anima a dejar de ver el espectáculo morboso.

Con esta escena nuestros ánimos se nublan un poquito más. Mañana vamos a subir nosotros por allí y la meteo va a seguir estando mala, así que habrá que andarse con mucho ojo. Ojo que a mí se me está inflamando cada vez más por un incómodo orzuelo y al que seguro que no le va a sentar nada bien el frío, el viento y la higiene exquisita de estos refugios de las alturas.


Descansando en un recodo del camino.

Después de la cena — unos macarrones de bolsa infames — enseguida bajamos a empapelarnos en los sacos. Esta noche no duermo nada bien y me toca escuchar los ronquidos de los vecinos… Aún así, cuando empieza a amanecer estoy bastante descansado y con buen ánimo. Como la subida que tenemos que hacer es de nuevo unos 800 metros hasta Gouter y el día es muy largo de nuevo nos lo tomamos con calma. Vamos dejando que la gente salga de la habitación y echamos vistazos a la ventana para ver cómo está el día. No está la cosa para tirar cohetes, pero tampoco hace malo malo, así que poco a poco vamos vistiéndonos, desayunando y preparando la subida.


El mar de nubes desde un ojo de buey.

Como la pared que vamos a subir mira al NW y no le da apenas sol vamos a esperar un poquito a que avance el día y que éste esté más maduro para no pasar mucho frío. Así pues, vamos viendo como las cordadas tiran para arriba mientras nosotros damos vueltas por el comedor y por la plataforma del refugio. Llega ya entonces un momento en el que no queremos esperar más ni dilatar nuestro encuentro con la pared así que nos vamos para arriba.

Primero avanzamos por una pendiente muy suave que nos va a acercando al Grand Couloir más conocido como “la Bolera”. Se trata de un corredor de nieve con unos 50 grados de pendiente por el que es frecuente ver bajar bolos de piedra a gran velocidad que se desprenden desde arriba. Lo ideal es pasar temprano cuando la montaña está más estable para bajar la probabilidad de ser alcanzado. Afortunadamente, la montaña está cargadísima de nieve y ésta mantiene las piedras en su sitio. Pasamos sin ningún problema y cuando estamos al otro lado nos encontramos con lo que va a ser la dinámica de la ascensión. Cables de acero en los sitos más expuestos para ayudar la progresión y para asegurar una posible caída.


Ambientazo de alta montaña en Gouter… la gente caía como moscas en este tramo de la pasarela porque la nieve siempre estaba hecha una piedra.

La ascensión a este espolón en verano suele ser un terreno prácticamente de roca pero tal y como está ahora el macizo hay bastante más terreno nevado que desnudo, por lo que en nuestra situación nos enfrentamos a un mixto con bastante desnivel y pasos expuestos. Ahora bien, éstos no son difíciles y las cadenas ayudan lo suyo. El único inconveniente es el patio: no te deja margen de error en muchos casos. En el tramo central de la subida no hay seguros y cometimos el error de continuar todo el tiempo por la arista del espolón que es el lugar más expuesto en todos los sentidos. En algunos momentos tuvimos la sensación de que el que diseñó la ferrata se quedó corto en ciertos lugares y largo en otros. A la bajada nos daremos cuenta que hay una variante por uno de los flancos del espolón mucho más sencilla y menos aérea.


Cuerdas y nubes.

La sensación que teníamos cada vez que mirábamos abajo era que estábamos en un lugar jodido, de esos que te obligan a ir muy tranquilo y con los cinco sentidos puestos, un lugar por el que luego habría que volver a pasar para descender al valle… Según superaba resaltes y rocas, intentaba imaginarme cómo rebobinar hacia atrás mis movimientos para completar con éxito la vuelta.


La última foto antes de empapelarnos.

Otro detalle interesante fueron los guías que subían a sus clientes. Me fijé mucho en la manera que tenían de progresar, pasito a pasito y casi sin hacer distancia entre pie y pie. Fue una revelación, porque además de cansarse mucho menos, aseguraban muy bien la progresión y le daban mucha fluidez y continuidad a sus movimientos. El cliente que iba detrás se limitaba a pisar su huella. En más de una ocasión estuvimos tentados de perseguirlas pero nos pareció poco recomendable.


Movimiento en la habitación del refugio.

El refugio de Gouter se adivinaba en lo alto y entre nubes. En ocasiones se le veía cerca pero lo cierto y verdad es que este tramo se empalaga bastante. Pero todo llega, y tras un último tramo con decenas de cables nos pudimos agarrar a la barandilla metálica del refugio y apreciar desde este espléndido mirador la impresionante arista de Tricot que desciende desde la aguja de Bionnassay.


Los guías se bajan sin ni siquiera intentarlo.

En el refugio pasamos la tarde remoloneando en las mesas del salón, echando algunas fotos y charlando con otros compañeros. La cena la sirvieron temprano, a eso de las seis. De primero, una sopa con curruscos muy rica que me sentó de cine. De segundo, un trozo de carne de cerdo cocida y unas lentejas que me devolvieron al escarnio de la cocina en alta montaña. Eché de menos los macarrones infames del día anterior. Lo que es la vida. Por cierto, que aquí la botella de agua valía 5 euros, uno más que en Tete Rousse. Es la inflación de las alturas debido al potencial que el helicóptero debe salvar para subir la botella unos 700 metros más. Cosas de la economía gravitatoria.


Un poquito más arriba de Gouter, nuestra primera foto juntos.

La tablilla Velleda con la meteo no anuncia nada bueno para mañana. El viento cada vez arrecia más fuerte y se están metiendo nubes bajas que nos ocultan los valles. Hablamos con un oriundo de Chamonix que se conoce el macizo como la palma de la mano y nos comenta que él mañana se vuelve para abajo sin ni siquiera intentarlo, que la montaña está cerrada. Empezamos a asumirlo y lo cierto y verdad es que no me duele porque no está el patio para bromas. Aguantamos un poco más en el salón hasta las ocho, hora en la que nos empapelamos.


A veces teníamos claros y la panorámica era impresionante.

Esta noche duermo muy bien hasta que a las dos de la mañana hay algunos valientes que se deciden a salir a probar suerte. Los del refugio no dan el desayuno porque estiman que la montaña está cerrada y que más nos vale seguir en los sacos, pero siempre hay héroes y así, de refilón, con los ojos entrecerrados y suspirando por el calorcito que siento en mi cuerpo, veo los frontales de dos chicos que se van a aventurar entre las ráfagas de helado viento que se escuchan por la ventana.


La arista de Gouter.

Pasan unos diez minutos y entonces escucho de nuevo el ruido de la puerta y el de una respiración agitada. Se conoce que no hay nada que hacer… Creo que somos muchos en el refugio los que nos hemos mantenido alerta por si hubiera habido alguna opción. En mi fuero interno me alegro de no tener que ponerme en la disyuntiva de salir o no porque estoy en la gloria. Vuelvo a dormirme y no me despierto hasta las siete.


El difícil momento del “reculeo”.

Por la mañana hace menos viento aunque también menos visibilidad. Ante este panorama desayunamos con esperanzas y cruzamos miradas para ver los movimientos de la gente. Los guías tiran para abajo con los clientes: ellos lo tienen bastante claro. Sin embargo, en el refugio somos muchísimos los que estamos por gastar la única opción que nos queda. Hablo con Bernardo y nos planteamos simplemente avanzar un poquito para ver cómo está la cosa un poquito más arriba. Sin más ambición… sólo eso.

Además de nosotros, una montonera de cordadas de gente del Este de Europa se abre paso entre los jirones de nubes y las ráfagas imprevistas que, en ocasiones, llegan a tirarnos al suelo. Muchos checos, eslovacos, polacos y alemanes avanzan en grupos de hasta diez personas. Nuestros aliados naturales son un par de eslovacos que van muy bien equipados y con los que tenemos ya bastante afinidad al haber compartido todas las etapas previas. Nos entendemos en inglés y también ayuda que Bernardo hable algo de eslovaco para el tema de las bromas. Una cosa curiosa es que van muy bien equipados y haciendo cuentas advertimos que las botas de cualquiera de ellos superan el sueldo medio de su país.


Entre este promontorio y Chamonix, casi 4000 metros de desnivel.

Conforme ganamos metros la cosa se va poniendo peor. El viento en ocasiones arrecia aunque en otras se queda tranquilo y no nos molesta. No noto nada de frío porque voy bien abrigado pero debemos rondar los menos diez aproximadamente. Llegamos a un punto en que las cordadas que nos preceden están paradas. ¿Qué ocurrirá? Nos vamos acercando y comprobamos que la nieve empieza a estar muy papa y que por aquí ya no hay huella. Quizás este es el punto en el que la gente que lo ha estado intentando los días previos se volvió para abajo. Quizás… El caso es que allí estamos todos parados porque nadie tiene ni idea de para donde tirar… El GPS marca unos 4200 metros así que estamos bajo el Dôme de Gouter, muy cerquita ya de esa significada antecima.


Inicio de las cuerdas fijas.

Después de unos minutos hay cordadas que inician el descenso porque ciertamente… ¿qué sentido tiene continuar sin ver nada y con este viento y esta nieve hasta las rodillas? A mí lo que más me ha impresionado de lo que he visto son las grietas que apenas se vislumbran en este blanco escenario y que pueden suponer un serio problema en caso de que la visibilidad tienda a menos.


De regreso al valle… muy contentos.

Entretanto, sólo hay una cordada que sigue para arriba y a la cual seguimos durante un rato. El que la encabeza va muy despacio porque tiene que chuparse él solo toda la huella y a estas alturas ese esfuerzo se nota. En un descanso, mientras estoy apoyado con ambos brazos en el piolet, noto que me dan un toque en el hombro. Es uno de nuestros colegas eslovacos que me dice: we are going to go down… Sin pensárnoslo asentimos y nos vamos con ellos. Llevan un buen GPS y no está el asunto para enconmendarse a otras tecnologías menos certeras.


Como dijo Bernardo: “en este país no hay desidia”.

En muy poquito estamos ya de nuevo en la arista de Gouter sobre el refugio. Aprovechamos un claro para tomar unas fotos muy espectaculares en las que se ve Chamonix en el valle, casi 4000 metros por debajo. En el refugio estamos un rato, el suficiente para organizar el descenso por las cuerdas fijas y recuperar un poquito de energías con galletas y barritas. También hago el último uso de las toilettes secs que paso a explicar… El sistema es sencillo: uno descome y el alimento ya procesado desciende por una tubería de un par de metros hasta el exterior donde simplemente se deposita. Con el frío tarda muy poco en congelarse y llegan a formarse así estalagmitas de materia orgánica realmente curiosas… estalagmitas que con el paso del tiempo alcanzarán alturas importantes y que un diligente guarda de refugio deberá recortar con una motosierra… en fin.


Celebrando la expedición como se merece.

El tramo de la ferrata hasta Tete Rousse lo hacemos mucho más fluído y tranquilos que el día anterior. Al llegar al refugio recogemos el material de las taquillas y confirmamos que llegaremos a tiempo para tomar el tren cremallera. Nos cruzamos con unos vascos y un malagueño y echamos unas risas por el tema de los refus y de su precio abusivo… Les comentamos nuestro intento porque ellos se van a meter en faena a partir de mañana.

Finalmente descendemos hasta el Nid d’Aigle. Estos últimos metros se me hacen especialmente pesados por la mochila que se me clava en los hombros y porque son ya varios días de esfuerzo. Tenemos suerte pues es llegar y meternos en el tren para abajo que va repleto de senderistas y familias. Aquí en el valle hace una tarde muy apacible y el solecito tibio entra por las ventanas y juega con las ramas de la espesura que gobierna en estas laderas.

Al bajarnos en Saint Gervais tenemos unas sensaciones buenísimas… la certidumbre de que la montaña no se ha dejado esta vez pero de que, con un poquito más de suerte, estaremos a la altura del desafío en el próximo intento. La aventura termina con una cena homenaje en Chamonix con crepes incluídos y la clásica tormenta de despedida. No paró de llover en toda la noche y nos fuimos como llegamos: con el doble techo de la tienda criando cagarrias. Si tuviera que resumir la historia en una frase, echaría mano de esta que leí hace poco por algún sitio de la red: la montagna e bella quando e bella, ma e brutta quando e brutta.

Ascensión al Tozal del Cartujo desde la Zubia

Esta parte del recorrido es un infierno blanco y se nos hace eterna. Avanzamos a cuatro patas, a rastraculos, saltando de roca en roca, todo lo que sea para no hundirnos en la nieve. A veces, la pierna se introduce y se queda bloqueada; la única manera de recuperarla es excavando alrededor para que haya holgura y pueda salir de su cepo níveo. A día de hoy, la experiencia vivida allí tiene un valor incuestionable para afrontar otros infiernos con garantía de que se sabe sufrir lo suficiente como para seguir adelante.

[18 y 19 de Marzo de 2005] Para aprovechar el fin de semana antes de la Semana Santa nos proponemos hacer el Tozal del Cartujo desde la Zubia. El Tozal (o Tosal) del Cartujo es un espléndido 3000 de Sierra Nevada muy bien diferenciado en la cuerda que arranca de los Tajos de la Virgen y termina en el cerro del Caballo, dominando el valle de Lanjarón al Sur y los nacimientos de los ríos Dílar y Dúrcal al Norte.

La ruta a seguir está basada en la que propone Carlos en su libro Excursiones en el Sur de España. Salimos desde el Cortijo de Sevilla que está situado por encima de la urbanización Cumbres Verdes, en la Zubia. Cogemos el Canal de la Espartera y vamos adentrándonos en la orla caliza de Sierra Nevada, espectacular paisaje de la baja montaña nevadense dominado por abruptos perfiles y derrumbaderos imposibles.


En el canal de la Espartera, con los agudos Alayos recortando el horizonte.

Vamos rodeando por el Sur el Trevenque hasta llegar al nivel del río Dílar que atravesamos para comenzar la subida de la Cuesta del Pino, bonita ascensión enmarcada por los Alayos que se yerguen fieros e inaccesibles. El trazado no está muy claro pero acertamos con un par de desvíos y al mediodía estamos comiendo cerca del Collado del Pino. Delante de nosotros tenemos una senda que a media ladera va introduciéndose en la cuenca alta del Dílar. Carlos propone en su libro tirar por ella pero nosotros optamos por encaramarnos en el espinazo de la loma de Peñamadura.


La loma de Peñamadura nos va acercando a la nieve de las cotas altas. Puede apreciarse la bruma que hacía ese día.

El tiempo es muy caluroso y la visibilidad malísima. Las fotos que tengo hechas del día salen muy matadas de color y es que la calina y el viento del sur dominan por completo todos los horizontes. La loma de Peñamadura es un imponente anticlinal que separa los ríos Dílar y Dúrcal y que nos puede acercar prácticamente hasta la base del Cartujo. Queremos avanzar todo lo posible para dejarnos poca cosa para mañana pero el calor, la nieve blanda que comienza a aparecer, y un cansancio con el que yo no contaba nos está haciendo ir muy lentos.

Finalmente decidimos montar la tienda en un punto indeterminado de la loma, a unos 2400 metros de altitud. Para obtener agua vamos derritiéndola en el hornillo porque no vemos ningún venero practicable ya que casi todos están contaminados por heces de ganado. Se hace de noche y encendemos un pequeño fuego con unas ramitas para seguir calentando nieve y no gastar el poco hornillo que nos queda. No hace casi frío — para estar en Sierra Nevada en marzo a casi 2500 metros y por la noche, se entiende –y nos quedamos hablando junto al fuego casi hasta las 10. Finalmente nos empapelamos y de repente empieza a llover y nevar. Casi no pegamos ojo hasta que cesa la lluvia repentina y estamos pesimistas para mañana. En fin ya veremos.


Amanecer mirando hacia el Tozal que está cubierto de nubes y degustando un café con leche calentito.

Cuando amanece saco la cabeza por la puerta del ábside y veo que el día está tranquilo aunque la línea de cumbres está cubierta. No obstante, todo apunta a que va a hacer muy bueno y nos ponemos a desayunar. Recogemos la tienda y para arriba. En un colladito a 2770 metros que el 1:40.000 marca como Cuerda de la Dehesa escondemos los armarios y tiramos para el Tozal sin peso.

Poco a poco las nubes se van levantando y seguimos ganando metros. Al fondo, el cerro del Caballo, tres mil más occidental de Sierra Nevada.

El valle de Lanjarón está precioso y muy cargado de nieve. Elegimos los mejores pasos para no hundirnos demasiado y optamos incluso por dejar los crampones ya que no nos van a hacer falta, tan sólo nos quedamos con el piolet para facilitar la progresión.

Hacemos cumbre y disfrutamos unos minutos de ella. Aún así, estamos preocupados porque nos damos cuenta de que queda todo un mundo para regresar y no nos apetece nada de nada volver sobre nuestros pasos. Le comento a Bernardo que Carlos marcaba esta ruta para hacerla en un día. Pienso que Carlos la hizo sin nieve, sin armario, y a su ritmo, que eso es decir mucho mucho ritmo. Y tardó 10 horas. Nosotros no vamos a bajar de 20 seguro.

Espléndido aspecto el de la cuerda que, por los Tajos Altos, llega hasta el Caballo. A la izquierda, el valle del río Lanjarón.

Al llegar de nuevo a las mochilas esbozamos la táctica y decidimos tirarnos por los Borreguiles del Dílar hacia la Laguna de la Mula para luego remontar hasta la Loma de Dílar y descender a la C.F. de la Cortijuela y de ahí al coche. Decirlo es poca cosa pero hacerlo es otra.

Nos lanzamos hacia la cuenca incipiente del río Dílar y pronto nos convencemos de que hemos errado y metido la pata hasta el corvejón, y nunca mejor dicho, porque nos hundimos en la nieve hasta más de la cintura. En un momento dado, incluso nos vemos en serio peligro porque hay algunas rimayas y grietas de aspecto peligroso y nos vemos precisados a andar muy muy espabilados para no colarnos en alguna de ellas.

Esta parte del recorrido es un infierno blanco y se nos hace eterna. Avanzamos a cuatro patas, a rastraculos, saltando de roca en roca, todo lo que sea para no hundirnos en la nieve. A veces, la pierna se introduce y se queda bloqueada; la única manera de recuperarla es excavando alrededor para que haya holgura y pueda salir de su cepo níveo. A día de hoy, la experiencia vivida allí tiene un valor incuestionable para afrontar otros infiernos con garantía de que se sabe sufrir lo suficiente como para seguir adelante.

Todo acaba, y lo malo también. Así pues, alcanzamos el río Dílar y lo atravesamos buscando una pequeña verea que nos acerque hacia la loma de Dílar. Tras algunas dudas encontramos la que parece ser la buena y progresamos con rapidez. En esta ladera que da a Poniente hay poca nieve y en contraste con las penalidades recientes esto es un paraíso.

Comenzando el descenso y la vuelta a casa.


Mirando lo que nos queda…

En lo alto de la loma de Dílar vemos la estación de esquí. Nosotros enfilamos hacia el Oeste por un camino bastante cómodo que discurre paralelo a un cercado cinegético. El Trevenque es nuestra guía y hacia él nos dirigimos como magnetizados. Tras un descenso bastante pronunciado por una ladera malísima de piedras sueltas, barro y espinos llegamos a la Cortijuela. Estamos superfundidos, son las seis de la tarde y queda una hora de luz para el coche. Bueno, estamos salvados, la Sierra y sus blandas nieves nos han dejado escapar pagando un tributo bastante liviano. Y ya, para mejorar la situación, nos encontramos con un Land Rover que nos ahorra el alpargatazo de la pista forestal. Mejor imposible.

Ascensión a la Sarga–Padrón

[13 de Abril de 2006] La Sarga-Padrón son dos montañas en una… o más bien es una montaña con la típica forma de los calares béticos con dos prominentes cumbres en los extremos. Una mañana muy buena de Abril madrugamos con la intención de ascenderlas, así que muy pronto estamos en el valle de Riópar y dejamos el coche justo antes de coronar el puerto de las Crucetillas, en un área recreativa que hay en una curva cerrada.

Aspecto que presenta la ladera por la que subimos: rocas, raíces, jumas y muy poca vegetación arbustiva.

Para hacer la ascensión nos vamos a guiar por nuestra intuición y lo que recuerdo de haber leído en un libro de Ángel Ñacle que proponía un par de subidas desde este área recreativa. Así, nos introducimos arroyo arriba por una senda muy poco marcada que pronto desaparece para dar lugar a la improvisación.
500
Uno de los pinos ródenos que más nos gustaron…


Reposando casi al final de la subida…

A nuestra izquierda se yergue con fuerza el flanco norte de la montaña. Es una vertiente de unos 400 metros de desnivel que culmina en unos bordillos de roca. Decidimos subir por el lomo de una cuerda de ladera porque lo vemos más despejado de vegetación y así evitamos los espinos y los rosales silvestres de las vaguadas.

En el bordillo final antes de la zona de cumbres… en lontananza se aprecia la aguda cumbre de las Almenaras y todo su cordal que se desparrama hacia el noreste.

La subida es muy explosiva y directa y se gana altura de forma rápida… todo ello a costa de reventar las pulsaciones y tener que caminar con los pies abiertos para vencer la pendiente. El terreno está alfombrado de jumas y para las botas resulta sencillo agarrarse. Hay bastantes pinos ancianos y muy retorcidos por los temporales de poniente. Se nota que este es uno de los primeros arrecifes montañosos de la bética en los que rompen las borrascas que entran desde el atlántico.

Una foto de los tres en la cumbre… la montaña más alta que se aprecia entre Bernardo (primero por la izquierda) y yo es el Yelmo de la Sierra de Segura.

Tras un poco de esfuerzo llegamos a la zona de cumbres donde la vegetación es ya almohadillada y rastrera. Nos vamos hacia la cumbre para almorzar con unas generosas vistas de las Almenaras, el Calar del Mundo y, un poco más allá, el Calar de la Sima y todo el resto de montañas que se extienden desde la Mancha hasta el Mediterráneo.

Vamos a ver si identificamos algún bicho…

El regreso nos lo marcamos por el mismo sitio, sobre todo porque el resto de alternativas tienen todavía pendientes más agresivas. Después de una hora estamos de nuevo en el coche para regresar a casa a comer. Una bonita media jornada de montaña en un valle, el de Riópar, que en primavera siempre es una gozada visitar.


La primavera empieza a despertar incluso en las umbrías más frescas…


Descendiendo y descansando.

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